Pesadillas…

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Aquella noche mientras dormía se aproximaron dos seres. Un ángel y un demonio. Los dos disputaban fieramente por su sueño. Ella soñaba sin distinguir si era una realidad o una pesadilla. Estaba en la cima de un rascacielos, bajo una noche estrellada y luchaba por salvar la vida de su madre. Aterrorizada asistía su lucha con el demonio que quería tirarla del alto, al mismo tiempo que le decía a la adormecida que se lo merecía y que por fin estaría libre de sus miedos. El ángel entretanto, le decía que luchara por su vida. Ella la temía, pero tirarla de lo alto no era lo que anhelaba. Optó por salvarla. Entre terror, aprensión y gritos se despertó empapada en sudor. La batalla había sido muy dura y real y mismo así, sintió un alivio por su decisión. Prefería la angustia diaria que el remordimiento eterno.

 

© M.del Carmen B.García

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Ojos Azules…

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Era bella. Tenía hermosos ojos azules, una piel muy blanca y un rostro moldurado por un pelo rizado muy negro. Poseía también una educación y cultura que la distinguían del resto de la gente de aquel barrio proletario. Por dentro algo se le había roto, algo que jamás logró superar. Su marido, en cambio, no tenía muchos estudios, pero aprendía todo cuanto se proponía. Era honrado y muy trabajador.

Lo único que parecía unirles y separarles al mismo tiempo, era su única hija, una niña revoltosa y desasosegada que disfrutaba de la calle porqué en ella podía sentir la libertad que tanto amaba. Era difícil mantenerla en casa. La sentía demasiado pequeña para vivir sus aventuras bajo aquellos ojos azules.

 

© M.del Carmen B.García

El conejito blanco…

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En aquella mañana mi madre trajo a casa un conejito blanco de ojos vivaces como brasas encendidas.

Se lo había regalado una vecina y amiga que los criaba para vender. Luego nos encariñamos. Estábamos juntos a todas horas.

Me recibía en el portal cuando me escuchaba llegar de la escuela y corría hacia mí dando saltitos de alegría, como si fuera mi perrito. Era mi compinche de juerga y cariños.

Un día mi madre me dijo que no me encariñara mucho a él, porqué lo había ganado para cuando tuviera el peso apropiado servirse en una buena comida. Al oír eso, casi me muero. Lloré y supliqué que no lo hiciera, que era mi amiguito, que en la vida me lo comería, que no lo permitiría jamás.

Apenada, mi madre me hizo caso. Al día siguiente volvió con otro conejo para preparar el plato que había planeado. Me invadió la felicidad. Había salvado a mi vivaracho amigo y le pregunté en dónde estaba y porqué no me había recibido como siempre.
– ¡Bueno! – respondió ella – lo he devuelto a la dueña a cambio de éste que ya está con buen peso para cocinar.
Aquello me impactó. A partir de ese día dejé de comer carne de conejo.

 

© M.del Carmen B.García

El miedo a vivir demasiado

El miedo a vivir demasiado

El miedo, ese espectro que te ronda la cabeza por las noches. Ese que te hace perder muchas veces el sueño, el descanso, la confianza en tu lucidez y que en muchas ocasiones incluso pone en duda los criterios de toda una vida. Miedo a morir sin cumplir todo lo que anhelas o peor aún, miedo a vivir demasiado.

El vivir demasiado, el sueño de todos o de muchos, puede al mismo tiempo ser un malogro. Reconozco lo fundamental que es vivir, pero vivir con plenitud, con dignidad, con sueños e ilusiones, con ganas de seguir adelante a pesar de la inmensa cantidad de tropiezos que se dan en la vida, de los desasosiegos constantes, de algunos o muchos arrepentimientos, pero siempre con una imprescindible y esencial esperanza.

A partir del momento en que la vida te prive de ese combustible vital, ese refugio trascendental de cualquier ser humano. En el momento en que ya no sepas de lo que tratan tus ilusiones, definitivamente, ya habrás vivido demasiado.

Has vivido demasiadas alegrías y disgustos, demasiadas ilusiones y desengaños, demasiados sueños inasequibles. Pero si llega el momento de la desconexión total de una vida plena, dejarás ya de existir como alguien, dejarás de ser tú y pasarás simplemente a ser algo. Es justo ese “algo” el que me da miedo.

En absoluto sería yo sin mis recuerdos, mis alegrías, mis memorias, mis angustias, mis sufrimientos diarios, sin mis inquietudes constantes y hasta sin mis miedos. Cuando mis momentos de gloria y mi esencia me hayan sido arrebatados, cuando mi ánima ya haga parte del Universo y mis sueños ya no me pertenezcan yo no sería más que algo vacío, un resquicio, prácticamente un objeto desechable y eso sí, me da miedo, mucho miedo.

Olvidar quien fui, de las veces que me saltó el corazón por la boca, todo lo que vi y lo que toqué, lo que viví, lo que olí, lo que sentí, lo que reí y lloré, lo que acepté y rechacé, lo que caminé y retrocedí, olvidar a amigos queridos y tan presentes en mi vida. Olvidar los libros, canciones y películas que me hicieron llorar o reír, que calaron hondo y que moldearon mi ser. Lo que pienso y soy. Olvidar a mis propios hijos y nietos, a mis grandes amores y hasta a los desamores y dolores. Esa no sería yo, en absoluto, ni siquiera una milésima parte de la chispa que me acompañó toda la vida, y eso sí me da miedo, mucho miedo

© M del Carmen B.García